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Fotos 1 – 27 de abril de 2023 – Necoclí – tomadas por Marilou Sarrut 

“Mañana, nos vamos a Disneyland”, anuncia una madre venezolana a sus hijos, sentada sobre un tronco en la playa de Necoclí. Allí llevan durmiendo ya 15 días, esperando juntar el dinero necesario para pagar a los «guías» que los llevarán al otro lado de la frontera, pero sobre todo, al otro lado de la selva del Darién. 

No muy lejos, UNICEF organiza una fiesta para los niños, «para que piensen en otra cosa». Al lado, los padres están «en modo Darién»: guardan sus pertenencias en bolsas de basura, sus teléfonos están previamente protegidos en fundas impermeables que llevan colgadas al cuello. Cubren sus zapatos con cinta adhesiva y bolsas plásticas, y tienen el «kit de camping»: colchonetas, tiendas de campaña y antiveneno. 

Los imaginarios y las proyecciones son múltiples: «¿Realmente hay guepardos?»; «¿Se puede morir por la mordedura de una serpiente?»; «Dicen que hay muertos por todas partes». El vocabulario empleado gira decididamente en torno a la topografía de la selva y sus peligros inherentes. 

Cada mañana, más de 1,000 migrantes son enviados al puerto de Necoclí para embarcar hacia Capurganá o Acandí, punto de inicio de la travesía. En la fila, esperan pacientemente su turno. La organización encargada de la travesía marítima los cuenta, los identifica y les distribuye chalecos salvavidas, al igual que a turistas y locales que desean cruzar ese brazo de mar. 

Excepto que los migrantes deben pagar el viaje de ida y vuelta sabiendo muy bien que para ellos no habrá regreso. Sentada en la proa del barco, embarco con ellos hacia Acandí. Somos casi 60, apretados: hombres, mujeres, niños y bebés. 

Mientras las olas golpean violentamente el casco del barco durante más de una hora, nuestros cuerpos son lanzados de adelante hacia atrás. Al ritmo de las olas, nos despegamos de los asientos y luego somos empujados violentamente contra ellos unos segundos después. 

Dentro del barco, la tensión es palpable. Risas, llantos, estrés, pero también emoción. En el aire flota una extraña mezcla: la aprensión ante el peligro de la travesía se mezcla con la excitación y la impaciencia de poder partir, por fin. Este trayecto es agotador y ni siquiera se considera el comienzo de la travesía. 

Fotos  2 – Captura de pantalla de un video de TikTok de ADJJ, 23 de febrero de 2023 

La imagen de la frontera-selva, que funciona como frontera por su topografía y su hostilidad, se deshilacha durante mi trabajo de campo en Colombia en mayo de 2023. Un guía me muestra un selfie suyo con las personas migrantes que acompañó. Una foto que para él es testimonio del cumplimiento de su trabajo. 

En el fondo, se ven decenas de banderas de diversas nacionalidades, colgadas entre los árboles. En el centro, un árbol cubierto de objetos y ropa, pero también un marco con la imagen de la Virgen María, un cartel de madera donde está escrito en letras mayúsculas pintadas de rojo «Frontera Panamá Colombia», y dos banderas pintadas a ambos lados. 

La delimitación fronteriza establecida por el tratado Victoria-Vélez en 1924 no tiene ningún símbolo estatal; se concreta y se materializa en el corazón de la selva del Darién mediante este cartel que indica a los migrantes dos informaciones clave: su paso irregular por una frontera estatal, así como la criminalización del «trabajo» de los guías por parte de las autoridades panameñas y, por ende, de su «atención». Materializada informalmente por los guías y las personas migrantes, la frontera se vuelve de repente palpable. 

Mientras que la travesía por el lado colombiano representa solo un tercio del camino, las personas migrantes se ven abandonadas tras cruzar la frontera, y sus experiencias en la selva se fracturan. La frontera se materializa para ellos como una ruptura: de una «atención» a un abandono. 

«El guía nos abandonó», podía escuchar en los campamentos a la salida de la selva; «a partir de ahí, parar es morir. No hay vuelta atrás, estamos solos». 

Fotos  3 – 17 de marzo de 2023 – Río Tuquesa, Panamá – tomadas por Marilou Sarrut 

Siete horas. Es el tiempo promedio necesario para descender el río que conecta las primeras comunidades indígenas Emberá — al salir de la travesía migratoria por la selva del Darién — con los campamentos humanitarios panameños. Un tiempo suspendido entre dos regímenes de movilidad: por un lado, el «parar es morir», donde la supervivencia es el único motor para avanzar en la selva; por otro, el control, la selección y el encierro en los campamentos. 

Durante ese tiempo, el cuerpo —exhausto y traumatizado— se relaja sin llegar a descansar por completo. Aunque ahora están contenidos, los peligros persisten. La corriente a veces desestabiliza la piragua y genera miedo a volcar justo donde los cocodrilos —con la boca abierta— reposan en las orillas del río. En el fondo de la piragua, el agua se acumula, empapando la ropa que se pega a la piel, anclando la humedad de la travesía en los cuerpos. El sol, casi ausente bajo la sombra de los enormes árboles de la selva, ahora quema, abrasando las pieles deshidratadas tras días de caminata sin pausa. A veces, los bebés lloran y los adultos se indignan cuando los marineros los obligan a empujar la piragua estando al borde del agotamiento. Sin embargo, el silencio domina este tiempo de espera, este tiempo intermedio: las personas se relajan, duermen o bien reflexionan y dudan. 

Esta travesía en piragua cristaliza el primer y único momento de espera después de, a veces, diez días luchando por sobrevivir en la selva. Se convierte entonces en un instante de quiebre, donde uno toma conciencia: he sobrevivido, mientras otros nunca lograron salir.